¿Existe una relación entre la democracia y el desarrollo?

Sábado 15 de junio de 2013

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Fuente: Pambazuka news.

Tema: Democracia y Desarrollo.

Palabras claves: Democracia, desarrollo, Rosa Luxemburg, Ndongo Sylla, sábado de la economía.

« ¿Qué demuestra la historia de las ideas, si no es que la producción intelectual se transforma con la producción material? Las ideas dominantes de una época siempre han sido las ideas de la clase dominante. » Marx et Engels. (1)

INTRODUCCIÓN

Hablar desde una perspectiva ‘científica’ de la relación entre democracia y desarrollo es una tarea nada fácil. Nos enfrentamos ante todo a un problema de delimitación temporal: ¿cuáles periodos tomaríamos para estudiar esta cuestión? Sería un error pensar que la Humanidad se ha planteado siempre este dilema y por demás en nuestro lenguaje. Luego, tenemos las dificultades de orden teórico, conceptual y metodológico.

- Cuando hablamos de ‘relación’, es como si nos interesáramos a dos cosas por separado. ¿Se podría disociar ‘democracia’ de ‘desarrollo’? ¿No están ligados orgánicamente como algunos piensan?

- Supongamos que la ‘democracia’ y el ‘desarrollo’ corresponden a dos cosas separadas ¿Cómo se podrían caracterizar? ¿Qué entendemos por ‘democracia’ y por ‘desarrollo’? ¿Cuáles serían las definiciones?

- Finalmente, una vez definidos los conceptos ¿Cómo medirlos o más precisamente, cómo especificarlos desde el punto de vista empírico? ¿Cuáles serían, por ejemplo, los criterios que permitirían distinguir las ‘democracias’ de otros tipos de regímenes? ¿Cuáles serían los mejores indicadores del ‘desarrollo’?

En un artículo publicado en 1959, el politólogo norteamericano Seymour Lipset enunciaba la hipótesis que el desarrollo económico (que se mide por el nivel de ingreso, la tasa de alfabetización, el grado de industrialización y el grado de urbanización) era una condición necesaria en la estabilidad de los regímenes democráticos (según la definición que tienen de ello los ‘Occidentales’, es decir, la organización fundada en una base estable de elecciones llamada ‘libres’). (2) Lo que transmite la idea que el ‘desarrollo’ precede la ‘democracia’, dicho en otros términos, que la ‘democracia’ es una consecuencia de la ‘modernización’.

Desde entonces se ha publicado una gran cantidad de documentos dedicados esencialmente a probar ‘la hipótesis de Lipset’ y a tomar partido al respecto. (3) Desde el punto de vista metodológico, esta literatura comparativa abordó las experiencias de desarrollo de los países de la periferia del sistema capitalista en el período comprendido entre los años 50 hasta nuestros días, cuando se crearon las bases de datos internacionales que permitieron realizar una evaluación cuantitativa.

Por muy interesantes que hayan sido los resultados, esta literatura padecía del gran defecto de carecer de historia y de ser etnocéntrica. Bajo las apariencias de la universalidad y de la objetividad científica, se esconde la novedad radical del lenguaje que emplea y su ángulo ‘liberal.’ Además, debido a su ‘nacionalismo metodológico’ tiende a considerar las evoluciones económicas y políticas dentro de los Estados como los productos de dinámicas esencialmente endógenas. Lo que hace subestimar el determinante papel que tuvieron las relaciones de fuerzas geopolíticas en la organización político-económica del mundo de hoy. Ahora bien, como trataremos de demostrarlo, un estudio de la relación entre ‘democracia’ y ‘desarrollo’ no puede de dejar de insistir en la historicidad de esta problemática y en la manera en que las lógicas hegemónicas asociadas al capitalismo han conformado el mundo contemporáneo.

CUANDO LA DEMOCRACIA SE ENCUENTRA CON EL DESARROLLO

Durante mucho tiempo los filósofos y teóricos políticos se volcaron en el tema de la mejor forma de gobierno. ¿Qué se debería considerar como lo mejor de la monarquía, de la aristocracia o de la democracia? Como lo expresaba Voltaire, con la inteligencia cínica que le caracterizaba, ‘hace cuatro mil años que estamos hablando de ese tema. Pregúntele la solución a los ricos, todos prefieren mejor la aristocracia; interroguen al pueblo, éste prefiere la democracia: sólo los reyes prefieren la monarquía’. Los pueblos siempre prefieren la democracia, pues es el único gobierno que, según ellos, les permite gozar de la libertad y de la igualdad. Pero los filósofos, los eruditos, los ricos; en resumen los que saben o los que poseen, nunca han querido saber nada de la democracia. Desde la Antigüedad hasta finales del siglo XVIII, no encontraremos en ningún lugar un escrito político de un solo pensador occidental reconocido que defendiera la democracia.

El término ‘Demokratia’ apareció hace cerca de 2500 años en el mundo griego. En su origen esa palabra formada por los términos demos y kratos era una inventiva aristocrática que solamente empleaban los eruditos y las élites. Mientras que ‘ρχία’ (como en monarquía u oligarquía) era el término que en griego designaba autoridad política, ‘κρατία’ evocaba más bien la fuerza bruta, el ‘poder triunfante’, ‘la victoria sobre los demás, con el empleo, fundamentalmente, de la fuerza’. (4) En cuanto a la palabra ‘demos’ se refería menos al ‘pueblo’ considerado como la totalidad indiferenciada, que a la población específica de los ‘ciudadanos pobres’.

La democracia, por oposición a la oligarquía (gobierno donde los ricos disponen de la autoridad política) y a la monarquía (gobierno donde uno solo dispone de la autoridad política) era también el régimen político (es decir el tipo de gobierno y no la forma de sociedad; en el lenguaje marxista, podríamos decir que la democracia designa la naturaleza de la superestructura y no la de la base) donde los ciudadanos desposeídos, los que no tienen nada, o casi nada, tienen el control del aparato estatal.

En la democracia, el pueblo tiene que ejercer la soberanía mediante el control del poder legislativo y judicial. Para tomar el emblemático ejemplo ateniense, la Asamblea estaba abierta en la época de la democracia, a todos los ciudadanos que recibían por ello una compensación financiera. Así como los pobres, las personas comunes eran más numerosas que los ricos en las Asambleas, y cada voto contaba por uno, el ‘demos’ era de hecho la autoridad, la que disponía del poder para dictar las leyes. El ‘demos’ controlaba también el poder judicial, puesto que los jueces se escogían al azar en la población ciudadana, en la misma proporción que los miembros de los 500, otro bastión institucional de la democracia ateniense, que era una suerte de secretariado ejecutivo.

Para la minoría de las personas de buena familia y los ricos, a los que se les llamaba los ‘ bellos y buenos’, la democracia se percibía como un régimen político ilegítimo donde reinaba el terror legal de los pobres. Como la democracia era el gobierno de los ‘malos’, los filósofos griegos tomaron sus distancias de este régimen político que todos condenaron.

Para Platón, ‘la democracia llegó cuando los pobres, que alcanzaron la victoria sobre los ricos, masacraron a unos, expulsaron a otros y compartieron igualmente con los que quedaron la administración de los negocios y de las actividades públicas, distribución que atendiendo a ese tipo de gobierno, se resolvía por lo general al azar’. Consideraban pues, que ‘la democracia era lo menos bueno de los buenos gobiernos y el mejor de los peores’.

Para Aristóteles, la democracia era con la oligarquía y la tiranía uno de los tres regímenes políticos corruptos, es decir, incapaces de garantizar la justicia y la estabilidad del orden social.

Esta concepción de la democracia como reino violento del populacho perdurará en el pensamiento político occidental hasta mediado del siglo XIX. Incluso los filósofos del siglo de las luces no abandonaron esta línea de pensamiento. David Hume consideraba la democracia como un régimen político ‘sedicioso,’ ‘turbulento’ y ‘tiránico’.

Emmanuel Kant escribió que ‘la democracia era necesariamente despotismo’. Montesquieu señalaba que la democracia era un gobierno carente de moderación e incapaz de preservar la libertad. Este planteamiento lo retomaba la Enciclopedia de Diderot y de Alembert, mientras que el Diccionario de la Academia Francesa enunciaba que ‘la democracia pura deviene fácilmente en anarquía’.

El terror jacobino (1793-1794), interpretado por los aristócratas y los burgueses como un acontecimiento ‘democrático,’ también contribuyó a desacreditar el término ‘democracia’. En la edición de 1827 del Diccionario clásico de la lengua francesa, la democracia se define como la ‘subdivisión de la tiranía entre varios ciudadanos’, mientras que la palabra ‘jacobino’ tenía el siguiente significado: ‘partido sanguinario de la democracia’. En aquella época, se decía que la democracia ‘sólo podía existir en el seno de la masacre, en medio de los gritos de los moribundos, de la alegría de los feroces vencedores, de las lamentaciones de los vencidos y de las ciudades incendiadas’. (5)

Efectivamente, hasta mediado del siglo XIX, la palabra democracia tenía una tonalidad más bien negativa. Tal y como lo señala el lingüista Bertlinde Laniel a partir del caso norteamericano: ‘En lo imaginario de muchos políticos de la época posrevolucionaria, la palabra ‘democracy’ parece estar asociada a la idea de la muerte, asociación cada vez más dañina’. (6)

En otros términos, desde la Antigüedad hasta inicios del siglo XIX, la democracia siempre ha estado vista desde Occidente como un gobierno malo, efímero, incapaz de preservar la libertad duradera e injusta hacia los ‘mejores’. De igual forma, la democracia nunca se ha asociado con la idea de la acumulación de riquezas (una característica de la oligarquía).

Para Rousseau por ejemplo, la democracia sólo conviene a ‘los Estados pequeños y pobres’ ya que prohíbe la acumulación de riquezas y de lujos. En el lenguaje de Montesquieu, la democracia es un régimen que se sostiene por la ‘fragilidad general’. Lo que explica por qué la democracia rimaba con el concepto de vida ‘salvaje’. Para los pensadores del siglo de las luces, sólo los ‘salvajes’ podían coexistir en perfecta igualdad. Voltaire manifestaba que la democracia es el patrimonio de los pueblos atrasados, asó como Thomas Jefferson, el ‘padre de la democracia norteamericana’ (¡) escribía en su correspondencia, que la democracia no es más que ‘el esbozo de una sociedad civilizada’.

Porque implica una distribución equitativa del poder político y de los recursos económicos, la democracia siempre fue muy condenada por los padres fundadores norteamericanos que llamaron ‘república’ o ‘gobierno representativo’ su sistema de gobierno preferido. En esos momentos, la ‘república’ se presentaba como un antídoto a la democracia. Sólo después, bajo los efectos de las competencias electorales y de la demagogia de los partidos políticos, fue que el sistema de gobierno representativo sería bautizado con el término ‘democracia’, respondiendo a su naturaleza. Incluso el concepto de ‘democracia representativa’ se empleó por primera vez en 1777 por Alexander Hamilton, secretario del Tesoro de George Washington, quien es conocido por su notorio odio a la democracia.

En 1787, cuando se elaboró la Constitución Federal, actualmente en vigor, el programa de las élites era poner en práctica un sistema de gobierno que les previniera de los peligros, tanto de un gobierno democrático como de una sociedad democrática. ‘Los males de los que padecemos en el presente, son el resultado de un exceso de democracia’, señalaban uno de los 55 delegados de esta Convención. Hay que reaccionar ante las ‘turbulencias et las locuras de la democracia’, añadía otro delegado.

Efectivamente, la opinión mayoritaria en esa élite constituyente era, para sólo citar una de ellas, que la democracia era ‘el peor de todos los males políticos’. El objetivo era desposeer las masas populares de cualquier poder político en beneficio de los que Alexander Hamilton llamaba los ‘ricos’ y los ‘bien nacidos’ y a los que Thomas Jefferson tildaba de ‘aristocracia natural’. James Madison, el que se considera el padre de la constitución norteamericana, señala en el Federalist 63 que la república norteamericana lo que tiene de específico es que el pueblo no dispone de ningún poder político. Aún mejor, precisa Hamilton, este sistema se concibe por ser ‘depositario de los derechos de los ricos’.

En resumen, como lo reconocía uno de los delegados, la democracia es incompatible con el capitalismo: ‘Dejen que los ricos se mezclen con los pobres en una sociedad comercial, instalarán una oligarquía. Retire el comercio, la democracia triunfará. Siempre ha sido así en el mundo entero, lo mismo sucederá en nuestro país’. (7)

No hay ninguna nación que haya avivado un odio tan tenaz contra la democracia como los Estados Unidos. Lo que justifica la ausencia de la palabra ‘democracia’ en la actual Constitución Federal norteamericana, en la Declaración de Independencia y en las primeras constituciones de los Estados miembros de la Unión. Como señala el historiador norteamericano Charles Beard, desde la fundación de los Estados Unidos hasta el inicio del siglo XX, este odio por la democracia era tal, que era ‘excepcional’ que un Presidente norteamericano utilizara esa palabra en un discurso oficial. (8)

Sin embargo, todo cambió a partir de 1917. Para aumentar la popularidad de su partido en la vida interna, entre otras razones, el presidente ‘demócrata’ Woodrow Wilson tuvo la ingeniosa idea de justificar la participación en la guerra contra Alemania con el pretexto de ‘contribuir a que el mundo fuera más seguro para la democracia’. Es justo a partir de ese momento que la ‘democracia’ se internacionalizó, convirtiéndose poco a poco en un sello que identificara a ‘Occidente’ y a su sistema de gobierno. Pero, fue sólo después de la Segunda Guerra Mundial que la ‘democracia’ se transformó en el verdadero ‘emblema de Occidente’. (9) Harry Truman fue uno de los principales actores que se apoderó del patrimonio de la democracia por Occidente.

Su discurso inaugural del 20 de enero de 1949, es conocido por haber introducido con bombas y platillos el paradigma del ‘desarrollo’ en la agenda pública global. (10) Este discurso sirvió para que el presidente ‘demócrata’ asumiera en nombre de Occidente el derecho de propiedad del sello ‘democracia’. En efecto, que un presidente norteamericano empleara la palabra ‘democracia’ en un discurso inaugural, era un hecho hasta entonces poco común. Truman en dicho documento crucial en pleno siglo XX, osó lo inimaginable al usar el término en varias ocasiones y al concederle una evaluación positiva. La ‘democracia’, en lo adelante planteada como un modelo perfecto de sociedad, se opuso al repulsivo ‘comunismo’. El Plan Marshall se describe como un programa de desarrollo tendente a ‘revigorizar y a consolidar la democracia en Europa’.

Harry Truman es el primer político norteamericano y probablemente el primer político occidental en haber conciliado el término ‘democracia’ con ‘desarrollo’. La ‘democracia’ sería en lo sucesivo el bien político, el ‘valor’ occidental al que se oponía el mal absoluto denominado ‘comunismo’. Paralelamente con el ‘desarrollo’ se trataba de eliminar las trabas coloniales que obstaculizaban el acceso de la economía norteamericana a los ‘mercados’ de los llamados países ‘subdesarrollados’.

Como los poderosos a menudo sienten la necesidad de la complicidad entre expertos y creyentes, sólo había que poner la máquina en marcha. En este marco aparecieron progresivamente la industria de la ayuda internacional, así como las bases de datos, herramientas e indicadores que servirían para medir el ‘desarrollo’ y la ‘democracia’, dos bienes que Occidente pensaba en lo adelante obsequiar al resto del mundo.

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