Jóvenes en Los Andes

Martes 5 de noviembre de 2013

Autor: Saúl Flores Calderón*

Editorial y canal: Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica (IPDRS)

Tipo de documento: Artículo

Idioma: Español

Tema: Política

Palabras clave: Aymaras, ayllu, campesinos, democracia comunal, educación, globalización, jaqi, jóvenes, llocalla, modernidad, quechuas y tecnología.

Países y Regiones: Bolivia y Perú

Cuando uno retorna a su ayllu de origen después de varios años se encuentra con muchas sorpresas, como me ocurrió recientemente. Dejé mi lugar de origen, el ayllu Chejempapa, provincia Omasuyos del departamento de La Paz. Lo hice por cuestiones de estudio y trabajo, y no volví hasta ocho años después, ocasión en la que estuve casi dos semanas, ayudando a mi abuelita en las actividades agrícolas.

Encontré que casi todo había cambiado, las antiguas casas estaban más viejas, había nuevas edificaciones, la mayoría de mis amigos del colegio habían emigrado a centros poblados, el colegio y la escuela se habían dividido en diferentes espacios y ya estaba arreglada la vieja cancha que utilizábamos para jugar pelota, incluso tenía un buen tinglado.

Al tercer día, asistí a una reunión del cantón representando a mi abuelita. Las autoridades originarias habían convocado a los pobladores de las diferentes comunidades para tratar temas relacionados con servicios básicos, designación de nuevas autoridades y otros. Ese día miré con sorpresa a la autoridad que estaba dirigiendo la asamblea, era un joven de al menos uno o dos años menor que yo. El poncho rojo, el chicote, el lluchu y el sombrero caracterizaban el ejercicio del poder del joven. La sorpresa seguía inundando mis ojos al ver a otras autoridades jóvenes que acompañaban al joven dirigente del cantonal. Me pregunté: ¿qué pasó con las autoridades adultas? Según recuerdo las asambleas eran dirigidas por los mayores. Los jóvenes éramos simples oyentes cuando nuestros padres no podían asistir a las asambleas.

Anteriormente, los y las jóvenes en las comunidades rurales del altiplano de Bolivia y Perú eran considerados llocalla e imilla, expresiones aymaras que significan menor de edad y, por ende, faltos de experiencia para ejercer algún cargo en la comunidad. Los cargos de autoridad en los ayllus eran exclusivamente para los adultos porque sólo éstos cumplían con los requisitos de la democracia comunal.

Sin embargo, en los cinco últimos años, en provincias rurales del departamento de La Paz y algunas localidades rurales de Puno (Perú) se ha visto a varios jóvenes ejercer cargos en los ayllus rompiendo el monopolio de los adultos. Sin duda la participación de los jóvenes en las esferas políticas ha provocado cambios en las lógicas comunitarias, incluso ha quebrado las instituciones primordiales, como la concepción del jaqi (persona adulta).

No es lo mismo ser joven del ayllu o la ciudad

La actitud de la población joven del ayllu es distinta a la del joven de la ciudad. En rasgos generales los jóvenes de la ciudad participan principalmente en grupos o movimientos políticos y culturales, donde ellos son actores de sus decisiones. Hay mayor énfasis en el campo cultural por medio de bailes internacionales como hip hop, break dance y rock, pero también con bailes del folklore nacional de sus países como las fiestas o las denominadas Entradas, que son encuentros masivos de personas bailando por una devoción religiosa o fiesta tradicional del calendario.

Los jóvenes aymaras y quechuas en las ciudades han construido una identidad confusa y sincrética, producto de la globalización, siendo, en realidad, meros consumidores de la cultura extranjera; de esta manera olvidan sus identidades de origen étnico, por ello, según Rolando Sánchez Serrano (Juventud, placer y riesgo: los jóvenes de El Alto, sus sueños y acciones. Plural Editores, La Paz, 2010) solo son derrochadores de placer y alegría, lo que implica la ausencia de proyecciones de vida, pues las acciones se reducen a vivir el momento mientras que los jóvenes del campo tienen acciones y visiones concretas y reales para la comunidad y para sí mismos.

La principal diferencia de los jóvenes aymaras y quechuas del campo y la ciudad es que los primeros están comprometidos con la comunidad porque existe el vínculo de una conciencia histórica y colectiva y no han perdido la identidad de pertenecer a una nación originaria, mientras que las acciones de los jóvenes de la ciudad se reducen a actividades culturales del momento guiadas por la moda. Se puede encontrar mayores detalles de esta visión en “Ser joven en El Alto: rupturas y continuidades en la tradición cultural”, de Germán Guaygua y otros (PIEB - La Paz, 2000) y “Posmodernismo tribalización juvenil”, de Juan Marcelo Sarzuri Lima (Revista Estudiantil de Sociología, UMSA No 4. Centro de Estudiantes de Sociología e IDIS, La Paz, 2009). Jóvenes en la historia colonial y republicana

Si hacemos una revisión de la historia de Bolivia y Perú encontraremos a líderes jóvenes de Los Andes que han aportado de gran manera al desarrollo y liberación de las comunidades excluidas y marginadas. Por ejemplo, recordemos que en los tiempos de los incas los encargados en llevar la información de un lado a otro pasando pampas, montañas y ríos eran los “chasquis”, sin duda, jóvenes.

También podemos recordar en la historia de Bolivia la participación de los jóvenes en las insurrecciones de los años 1780 y 1781, cuando el joven Julián Apaza y su compañera Bartolina Sisa pusieron en jaque el poder colonial de la región. En Perú podemos mencionar a los descendientes de Tupaj Amaru, que también eran jóvenes. Julián Apaza, más conocido como Tupaj Katari, el nombre que él mismo adoptó, tenía alrededor de 30 años, era un hombre vigoroso, de cuerpo erguido y con muchas fuerzas, y no el hombre acabado y maltratado de más de 50 años como se muestra en una imagen colgada en la cámara de diputados de Bolivia; la gente del actual gobierno de Bolivia se refiere a él como Julián Apaza.

En la época republicana de Bolivia también sobresalieron jóvenes que han aportado con las luchas a las naciones excluidas desde los ayllus, como los jóvenes kataristas (primer movimiento y luego partido político que tomó el nombre del líder indígena) inspirando las décadas de los años sesenta y setenta. Genaro Flores y Raymundo Tambo salieron siendo jóvenes de sus ayllus e ingresaron a las universidades y ahí sufrieron la discriminación y racismo; después de esto entendieron la realidad y volvieron a las comunidades con conciencia política, y posteriormente fundaron movimientos y organizaciones de la línea katarista e indianista para la liberar al pueblo aymara y quechua del sistema colonial blanco mestizo. El gran logro de estos jóvenes líderes fue la creación de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), que posteriormente sería el ente matriz de expresión y representatividad de los campesinos (Javier Hurtado. El Katarismo. HISBOL. La Paz, 1986).

Posteriormente, en la década de los ochenta y parte de los noventa aparecieron otros jóvenes, como Víctor Hugo Cárdenas, quién fue Vicepresidente de la República, y Evo Morales, actual presidente de Bolivia, quienes, en cierta manera, también han jugado un rol importante en las luchas de las naciones oprimidas.

Seguramente hubo muchos otros jóvenes como Apaza, Amaru, Flores, Tambo, Cárdenas y Morales, destacados en el campo de la política y buscando el desarrollo y la liberación de las naciones andinas, pero no han sido visibles ni reconocidos; solo unos cuantos salieron a la luz pública y ahora son conocidos.

La memoria de las luchas de los líderes jóvenes en la colonia y en las repúblicas, boliviana y peruana, ha trascendido hasta hoy y está siendo rescatada y revalorizada por los jóvenes de este tiempo. En cierta manera, los jóvenes quieren continuar con las tareas aun incompletas de sus antecesores. Hoy en día podemos decir que estamos en tiempos de jóvenes, porque ellos son los actores directos del futuro de los ayllus. La aparición de los jóvenes en diferentes esferas, especialmente en el campo de política, no es pasiva sino activa, porque rompen con los esquemas o patrones establecidos en las sociedades. Esto se debe a la adopción de lógicas tradicionales como también de la modernidad.

LLoqalla y jaqi, y los pasos para ser autoridad

Anteriormente los únicos que podían ejercer los cargos de autoridad en las comunidades andinas eran los jaqis (personas mayores con familia) y no lloqallas (muchachos jóvenes) o imillas (muchachas jóvenes o adolescentes). Sólo cuando la mujer o el varón contraían matrimonio podían ejercer algún cargo en el ayllu.

En el mundo andino se entiende que la persona que tiene una familia y una casa es responsable no solo de su familia sino de su comunidad y de sí mismo. Por lo tanto un lloqalla no podría dirigir una comunidad porque no tiene aún su propio hogar. La familia u hogar es como una pequeña escuela donde se practican la responsabilidad, compromiso e igualdad.

Para ser jaqi, antes del matrimonio y un cargo de autoridad, los hombres primero tenían que cumplir el servicio militar obligatorio, después de terminar la secundaria. Aquel que no lo cumplía no era considerado “hombre”, incluso algunos decían es “poco hombre”. El cuartel era considerado un espacio de sufrimiento pero a la vez de aprendizaje y madurez para la vida. Quien cumplía el servicio militar obligatorio ya tenía el visto bueno para el matrimonio porque se llegaba a la siguiente conclusión: “ahora ya eres hombre puedes casarte y formar un hogar”.

Desde una perspectiva indianista el servicio militar es colonial porque no es una institución de la tradición incaica o aymara sino una institución republicana de Bolivia, donde se aprende a matar a las personas, discriminar, excluir y, sobre todo, a servir a una sociedad colonialista. Sin embargo, en las comunidades cobró un gran valor social. No obstante, en estos últimos años la importancia de pasar por el cuartel disminuyó y dejó de ser un requisito social indispensable.

Los jóvenes de los ayllus prefieren aprovechar un año estudiando o trabajando que perderlo en el cuartel. Sabemos que los jóvenes migrantes del campo tienen que pasar por muchas dificultades para conseguir trabajo. Con el trabajo poco remunerado costean sus estudios, alimentación y vestimenta. Con esos cambios, ahora no solo los jaqi pueden ejercer la autoridad sino que también pueden hacerlo los llamados lloqallas. Aquí se produce un quiebre generacional, incluso un quiebre institucional en las comunidades.

Inicio del ejercicio de autoridad y las acciones de los jóvenes

El quiebre de patrones e instituciones culturales y sociales de la comunidad se debe principalmente a un aspecto que, por cierto, fue bien aprovechado por los jóvenes, quienes empezaron a ejercer cargos de autoridad en reemplazo de sus padres, por ser éstos de edad avanzada y, por ende, dejaron de ejercerlos. El cargo, que es rotativo y obligatorio, llega a las familias aunque los padres sean de la tercera edad o hayan muerto. Como no pueden, sus hijos o hijas los ocupan, al margen de ser jaqi o lloqalla. De esta forma, los jóvenes empezaron como simples representantes de los padres, pero en el transcurso de la dirigencia fueron cobrando experiencia y habilidades y, de ese modo, comenzaron a insertarse en la vida política.

Pero no podemos desmerecer a los jóvenes que sin ser autoridad dan aportes importantes a la comunidad. Sin ejercer el cargo participan activamente en las decisiones del ayllu. En una asamblea cualquier persona puede participar, no todos necesariamente tienen que ser jaqis y hay una serie de tareas que cumplir.

De ese modo, los jóvenes se volvieron útiles para la comunidad, directa o indirectamente. Por ejemplo, en las reuniones se ve a jóvenes armando los parlantes, comunicando la hora y lugar del encuentro y revisando las actas, entre otras actividades. En las asambleas participan, proponen, cuestionan, reflexionan sobre alguna problemática que aqueja al ayllu. Esta participación es más notable en épocas de levantamientos, marchas por peticiones o contra algún atropello de los derechos de las comunidades. En las marchas los jóvenes son los primeros en gritar consignas de protesta o demanda. En algunos casos son agresivos y pueden llegar hasta a romper puertas, sillas y quemar todo lo que encuentran en su camino, con tal de ser escuchados. Por ejemplo, en el año 2000 en Achacachi (provincia Omasuyos del departamento de La Paz) varios jóvenes se enfrentaron con los militares y policías por las demandas de los campesinos de la provincia, mostrando su vitalidad y naturaleza, lo mismo ocurrió en la insurrección de 2003 por los hidrocarburos, cuando los jóvenes también fueron activistas de lucha, aunque no estuvieran ejerciendo como autoridades comunales o vecinales.

Pero es en el ejercicio de la autoridad comunal donde el joven demuestra las aptitudes y habilidades para la comunidad. En primer lugar, ahora la mayoría sabe leer y escribir y todos terminaron el colegio. No sufren de analfabetismo, a diferencia de lo que pasaba hace aproximadamente diez años, cuando los cargos de autoridad eran ejercidos por adultos con escasa lectura y escritura. No es nada casual que la sociedad criolla – mestiza los haya considerado “indios ignorantes”. Anteriormente la falta de escritura, lectura y, sobre todo, la falta del entendimiento de la realidad perjudicaba los procesos comunales de demanda y negociación con las instituciones estatales y privadas. Ahora esto no significa un problema porque hay jóvenes que lo hacen.

Los jóvenes de hoy, aparte de ser bachilleres, ya tienen alguna formación superior en institutos técnicos o universidades. El nivel educativo superior de los dirigentes jóvenes se manifiesta en las reuniones y en las gestiones públicas para los ayllus. Todo lo aprendido en las casas de estudio superior es puesto en práctica en las comunidades.

Por otro lado, el manejo de la tecnología es creciente, hay autoridades que se movilizan por oficinas y reuniones con sus computadoras portátiles y en ocasiones presentan sus informes finales de la gestión con diapositivas para que los comunarios entiendan mejor con las imágenes. La tecnología es apropiada por los jóvenes para el beneficio de la comunidad y para el de ellos mismos. No son jóvenes encerrados en el mundo andino tradicional, sino personas que actúan en el mundo globalizado, pero desde los ayllus. Viven entre lo tradicional y la modernidad pero sin perder la identidad y el compromiso con su comunidad; situación distinta a la de algunos jóvenes que viven en las ciudades, que han perdido la identidad.

Los jóvenes han sabido ganarse la confianza y el respeto de los adultos porque están demostrando mayor capacidad y porque son útiles en todas las esferas y para el desarrollo de las comunidades. En la misma línea, algunos sectores de jóvenes se desenvuelven en el campo político hasta haber desplazado las decisiones de los adultos. Es una nueva generación que administra las comunidades, pero aún no en su totalidad. Seguramente en los años venideros el fenómeno continuará.

Las acciones de los jóvenes no son meros impulsos surgidos por obligación hacia la comunidad sino procesos relacionados con la identidad y la lucha de las naciones excluidas, es decir hay una conciencia política e ideológica. Ellos entienden y conocen que los aymaras y quechuas han sido excluidos, marginados históricamente por ser considerados “indios”. Los jóvenes no quieren repetir la discriminación que sufrieron sus padres y abuelos por falta del conocimiento, consideran que los han superado y, por ende, están listos para afrontar a la sociedad criolla – mestiza y continuar con las luchas incompletas de hace años. Por tanto, las miradas de los jóvenes no son solo para cumplir una función formal y mantener la tierra, sino para alimentar la conciencia histórica y cumplir su deber para con la comunidad. La intención es revertir la historia de los excluidos y marginados, no quieren repetir las mismas historias trágicas de sus mayores.

En cierta forma, los jóvenes que ejercen algún cargo en las comunidades andinas adoptan una ideología indigenista, inspirada por los principales luchadores e intelectuales indigenistas e indianistas, como Felipe Quispe y Fausto Reinaga. Además los acontecimientos de los años 1781, 2000 y 2003 son sucesos históricos de referencia y guía para su actuación en el presente y en el futuro. Hace cuatro años, en el municipio de Achacachi se formó un movimiento de jóvenes de las comunidades, identificados con la ideología de Quispe y Reinaga.

Los jóvenes del área rural andina, que originalmente son labradores de la tierra, ingresan con conciencia política a la Escuela Normal de Warisata (donde se estudia pedagogía para ejercer como docentes) y aun siendo estudiantes ejercen cargos de autoridad en sus comunidades poniendo en práctica los pensamientos de sus inspiradores. La Normal les posibilita una serie de actividades políticas a través de conferencias, congresos y cursos para concientizar y revalorizar la identidad aymara. Por medio de congresos han podido vincularse con otros grupos juveniles aymaras de las ciudades y otras provincias andinas del hermano país del Perú y así fundaron el Movimiento Indianista Katarista (MINKA), uno de los movimientos juveniles más representativos de los andes.

Ciertamente, los jóvenes van ganando espacio a grandes pasos, no obstante, no han roto el monopolio de las decisiones de los adultos en diversas esferas. Hasta ahora, los jóvenes solo se han movido en cargos de autoridades comunales y aún no han llegado a cargos estatales, que continúan siendo administrados por los adultos. La actuación de los jóvenes en diferentes esferas ocurre gracias a las capacidades y habilidades que están demostrando en dinámicas de acción que combinan lógicas comunales y modernas.

En sentido más estricto, en las comunidades se quebraron las lógicas tradicionales, como por ejemplo el requisito de ser jaqi para ejercer autoridad. Los jóvenes ya no se encierran en su mundo sino que salen de él para aprender y aprovechar de la mejor manera el conocimiento y la tecnología que ofrecen la modernidad y la globalización como aprendizaje personal y para la comunidad. Estamos, pues, ante nuevas reconfiguraciones de la estructura social donde los jóvenes son los actores directos para dichos cambios. *Sociólogo con experiencia de trabajo en educación e investigación en el área rural. Actualmente es parte del equipo de investigación de CONALTID. Su campo de acción y formación está vinculado con temas indígenas e interculturales.

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