Juventudes Sudamericanas entre realidades y perspectivas

Jueves 17 de octubre de 2013

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Autoría: Alcides Ramírez Caballero*

Editorial y Canal: Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica (IPDRS)

Tipo de documento: Artículo

Idioma: Español

Tema: Soberanía alimentaria

Palabras clave: Agroecología, campesinado, desarrollo rural, desigualdad social, emigrantes, identidad, juventud rural, modelo agroexportador, patrones culturales, políticas públicas y soberanía alimentaria.

Países y Regiones: Paraguay

Una mirada a Sudamérica

Se pueden encontrar algunas características comunes en la situación de las juventudes rurales de los países sudamericanos, pero hay más denominadores comunes entre Argentina, Brasil, Chile y Paraguay, según indica el informe del Centro Latinoamericano sobre Juventud (CELAJU), “Organización y movimientos Juveniles Rurales en Cinco Países del Mercosur, Situación Actual y Propuestas para su fortalecimiento, Montevideo, julio 2004”.

El documento destaca las escasas oportunidades laborales remuneradas, en general sin reconocimientos legales y prestaciones sociales que confrontan los jóvenes rurales comparados con sus pares urbanos. A temprana edad empiezan una actividad laboral primaria sobre las que no perciben ningún tipo de remuneración, generalmente en la fincas familiares, pues la fuerza laboral de los jóvenes constituye la mano de obra que ayuda a mantener la economía de las familias campesinas. Tempranamente adultos, los jóvenes son asumidos como tales dentro de las comunidades rurales, donde persiste una cultura adulto - céntrica y patriarcal, con valores y patrones culturales que afectan el relacionamiento social entre los ellos mismos.

Otra de las variables comunes entre las juventudes sudamericanas es la creciente masculinización de la población rural, debido al fenómeno de una creciente emigración de las mujeres, principalmente hacia las ciudades grandes e incluso a países europeos, pues la crisis económica y la falta de oportunidades las obligan al desplazamiento temporal o definitivo, produciendo vacíos poblacionales en muchas comunidades campesinas de los países de América del Sur, al mismo tiempo que se acentúa el desarraigo.

En esa realidad la educación de las jóvenes rurales emigrantes se convierte el principal deseo inalcanzable, más que en un proyecto factible; la urgencia define la necesidad de trabajar en el presente mientras que el futuro se presenta disociado de la vida concreta, condición que termina por dificultar o directamente impedir la posibilidad de proyectar sus vidas futuras.

Desafíos para el ejercicio de derechos

Las y los jóvenes tienen nuevos derechos y responsabilidades en la actualidad, según su mayor participación en asuntos públicos que les afectan y en la toma de decisiones generales de la comunidad y de la sociedad civil.

Estos nuevos derechos representan cambios de la tradición patriarcal y de la gerontocracia, por ejemplo, los jóvenes menores verbigracia los adolescentes, tienen derechos, igual que los niños, a ser escuchados y a participar en las decisiones que les afectan. Sin embargo, en el ámbito rural persisten tradiciones autoritarias, que validan las costumbres de que sea la sociedad adulta quien defina el rol de los y las jóvenes.

Por ello se requiere un dialogo intergeneracional sobre las necesidades de este sector de la población, así como sobre los aportes que se le piden y los que no. Por otro lado, es fundamental considerar a las juventudes indígenas con sus especificidades y sus patrones culturales propios, quienes, en el marco de la promoción de sus derechos, necesitan luchar conjuntamente con el campesinado, porque muchas de sus necesidades son las mismas, por ejemplo el acceso a la tierra, a servicios de educación y salud, etc.

Construir la propia identidad

Una de las consecuencias de la denominada descampesinización de las comunidades rurales es la pérdida de la soberanía territorial y de elementos culturales, como las tradiciones, que construyen identidad y, al mismo tiempo, una forma de vivir y sentir diferente. Es importante saber y amar la vida campesina, preguntarse quiénes somos, qué significamos para los otros. La identidad nos plantea reflexionar sobre nuestra historia subjetiva, familiar y social, nos ayuda a indagarnos acerca de nuestros referentes, nuestras pertenencias y nuestros ideales.

Cuando hablamos de desarrollo rural es importante plantear la construcción de la identidad porque solo así se puede luchar contra el desarraigo y volver a la matriz que permita construir valores y sentido de pertenencia. De esta manera podemos amar nuestra tierra, vivir plenamente la vida campesina y concentrar las ideas y los conocimientos para enriquecer la vida rural con una perspectiva soberana, que garantice la realización y el progreso de las personas que nacieron en el campo y quieren seguir apostando y construyendo a plenitud una convivencia armónica con la naturaleza y sus semejantes.

La concepción de desarrollo para las juventudes rurales debe considerar, necesariamente, los sentidos de pertenencia y de consolidación de la identidad, siendo importante remarcar que hay diferencias en la construcción histórica de los lugares y de los aspectos individuales y sociales que se manifiesta de manera particular.

Lograr que los jóvenes rurales se reconozcan a sí mismos y a su historia puede significar una fortaleza para que ganen mayor protagonismo e influyan en proyectos productivos, buscando un desarrollo rural impulsado y propuesto por ellos mismos, sin necesidad de verse obligados a emigrar y dejar su cultura, ambulando por las grandes ciudades en busca de “mejores oportunidades de vida”.

Este cambio profundo en los jóvenes puede lograr que gobiernos locales y nacionales, incluso grupos del sector empresarial privado, prioricen y garanticen el desarrollo local y el trabajo decente para quienes quieran quedarse y realizarse en sus propios ámbitos. Esta visión contempla de forma imprescindible que se considere las necesidades de los seres humanos de subsistir, producir y reproducir su vida material en contacto permanente con la naturaleza, que le provee en primera instancia de los elementos para satisfacer sus necesidades, y el contacto estrecho y cotidiano con otros hombres y mujeres, que es parte de la cultura y del estilo de vida rural.

En esa construcción social es fundamental considerar la igualdad de oportunidades para las mujeres, teniendo en cuenta que en las culturas campesinas suelen haber tradiciones y costumbres patriarcales. Un ejemplo de ellos es el reclamo de las jóvenes para que se transformen las condiciones del liderazgo en las organizaciones de bases y comunitarias. Al menos, esta es la posición de las mayores organizaciones campesinas en Paraguay, como la Federación Nacional Campesina (FNC), la Organización de lucha por la Tierra (OLT) y la Coordinadora Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (CONAMURI), donde se va instalando la equidad de género, que apunta a la igualdad entre mujeres y hombres dentro de las organizaciones.

El caso paraguayo

En Paraguay, de diez jóvenes que terminan la secundaria solo tres pueden acceder a estudios técnicos o universitarios, y para lograrlo, éstos se ven obligados a emigrar a alguna ciudad intermedia o cabecera de departamento.

Según las experiencias descritas por representantes de esta población en la Asamblea de la Juventud Rural del año 2012, el modelo agroexportador vigente en ese país genera un sistema de descampesinizacion y pérdida de identidad, aparte de crear mayor desigualdad social. Al no existir políticas públicas que garanticen los derechos plenos de las y los jóvenes del campo, éstos se ven obligados a salir de sus comunidades y pueblos, y crear nuevas formas de supervivencia en las periferias de las grandes ciudades, convirtiéndose en nómadas urbanos, lo que, sumado al desarraigo, los hace más vulnerables a sufrir constantemente atropellos a sus derechos.

La juventud emigra con sueños e imagina que la vida urbana ofrece mejores condiciones de vida, y miles de jóvenes sufren porque, al encontrarse con una realidad totalmente diferente a la que imaginaron en sus sueños, empiezan a vivir frustraciones que, generalmente llevan a un estilo de vida sin adecuada participación cívica, sobre todo, con una posible pérdida de la identidad cultural construida en el campo.

En Paraguay, con 40 millones de hectáreas aptas para la agricultura y ganadería, una reforma agraria trunca y el incremento de la agricultura extensiva para la exportación, cada día se genera más emigración del campo hacia las zonas urbanas, mientras la población va decreciendo, en algunas regiones va desapareciendo la población rural.

El 2% de propietarios concentra el 84% de las tierras, mientras que el 6,6% es poseedor de tierras que, en su mayoría, no cuentan con un título de la propiedad. De acuerdo al censo agropecuario del año 2012, el 29% de agricultores con vocación de trabajar la tierra no cuenta con ese recurso, es decir que son campesinos sin tierras, mayoritariamente jóvenes de entre 18 y 30 años de edad. Tan grave como eso es la situación de poblaciones indígenas que no tienen tierras y perdieron sus territorios, fueron desplazados hacia las periferias de las ciudades o están ocupando plazas, ya sea en la capital del país u otras ciudades de amplio movimiento comercial, como Ciudad del Este y zonas aledañas.

Hay un fenómeno de expulsión campesina a raíz del modelo agroexportador, que despoja a miles de campesinos de sus tierras y estructura a las instituciones del Estado para defender solamente los intereses de los latifundistas. Al mismo tiempo, en las zonas fronterizas con los países vecinos se están consolidando grandes extensiones de tierras en manos de colonos y empresarios extranjeros que las dedican al cultivo de la soja, con la consecuente pérdida de territorio, de la soberanía alimentaria y de la soberanía territorial. Ya se sabe que, cuando se domina la alimentación de un pueblo, éste es fácil de manejar. Por ello es imprescindible recuperar la soberanía territorial, alimentaria y económica, es decir, lograr una soberanía integral.

En los últimos años el debate sobre la reforma agraria es el tema más importante en el seno de los movimientos juveniles campesinos, insistiendo en que se instale en las agendas de la opinión pública. Sin embargo, grupos conservadores, partidos políticos tradicionales y algunos medios de comunicación ponen en disputa la opinión acerca de la reforma agraria, alegando que los problemas de pobreza no son consecuencia del latifundio, y se ha empezado a criminalizar las luchas sociales. Al mismo tiempo, los poderes del Estado, principalmente el Legislativo y el Judicial, en vez de luchar contra los latifundios y las tierras mal habidas, lo defienden y fomentan el minifundio, escudándose en el prejuicio de que “el campesino no quiere trabajar”.

Otros prejuicios ampliamente difundidos son, por una parte, que a los campesinos hay que entregarles tierras improductivas, porque la improductividad es un retroceso tanto para el socialismo como el capitalismo, y que el desarrollo rural solo es posible con el modelo agroexportador, con la participación de empresas multinacionales grandes, como Monsanto, Syngenta, Cargill y otras corporaciones, debido a los volúmenes de sus inversiones.

En ese marco, todavía falta construir las visiones de las organizaciones juveniles sobre desarrollo rural y soberanía alimentaria. El discurso y la orientación de las y los jóvenes debe incluir propuestas de tecnologías apropiadas, que ayuden y garanticen el trabajo de jóvenes campesinos, pensar en modelos de industrialización de la pequeña y mediana producción, enfrentando el monocultivo y sin perjudicar el medio ambiente y la biodiversidad. Todo ello hace urgente instalar en el debate una discusión política e ideológica del desarrollo rural y social con perspectiva juvenil.

Agroecología ¿una respuesta?

La agroecología no es solo una ciencia sino es un símbolo de lucha y resistencia en países de Sudamérica donde este enfoque es un componente para luchar por la reforma agraria; un desafío importante es planteado por el Instituto Agroecológico Latinoamericano (IALA). Su marco metodológico es el estudio y formación académica agropecuaria, construyendo conocimientos con la comunidad. La matriz utilizada por el Instituto es producción denominada “de campesinos a campesinos”, que llevó a cabo la Cuba socialista.

El modelo agroecológico de producción plantea alternativas de desarrollo defendiendo las semillas criollas y nativas y fomentando la construcción de industrias colectivas; tiene como base la armonía entre los seres humanos y la naturaleza, defiende el medio ambiente y rechaza todo tipo de contaminación.

El instituto Agroecológico Latinoamericano (IALA) es un proyecto promovido por la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo(CLOC), con el objetivo de formar militantes para transformar el modelo agroexportador, especialmente jóvenes con conocimientos técnicos y científicos con énfasis en la agroecología, conjuntamente con su participación en organizaciones campesinas e indígenas que puedan aportar esos conocimientos a los asentamientos y las comunidades víctimas de los agro tóxicos.

Desarrollo con las juventudes rurales

El desarrollo rural debe estar ligado a las prácticas culturales y necesidades locales y regionales y al vínculo de éstas con la demanda externa, por eso debe ser integral y sustentable, de tal modo que incluya el cuidado y la protección del medio ambiente como componente fundamental para el desarrollo humano. De aquí nace la relación entre desarrollo y prácticas agroecológicas como un sistema de producción basado en principios sociales, culturales, ambientales, políticos y económicos de sostenibilidad.

Con la producción agroecológica se aplican prácticas que benefician a la naturaleza, mejorando las condiciones de la fertilidad natural de los suelos, obteniendo producción sana y favoreciendo, de esta manera, a la salud de las familias de agricultores y consumidores de productos agropecuarios, lo que, en definitiva, puede permitir bienestar social y buenas prácticas en el cuidado medio ambiental.

Producir agroecológicamente en el marco de un sistema de producción autosustentable incluye el manejo ecológico de los suelos, utilización de tecnología apropiada, diversificación de la producción, un sistema forestal y agroforestal y bancos de semillas.

Para ser efectivamente implementadas, estas propuestas deben incluirse en la malla curricular de escuelas, colegios y universidades, especialmente en las carreras de agronomía y ramas afines; fomentar más colegios con bachilleres técnico - agropecuarios y centros educativos que generen promotores agropecuarios con capacidad técnica de asistir a comunidades y organizaciones locales. Para asegurar estos procesos se requiere de la cooperación pública y privada, de las organizaciones de la sociedad civil y garantizar la participación igualitaria de las mujeres (generalmente encargadas de la conservación y el uso de semillas nativas y del cuidado de los animales), generando estrategias y mecanismos de acciones afirmativas.

De hecho, el emprendedurismo es una de las mejores líneas de acción alternativa para que los y las jóvenes contribuyan a un desarrollo integral, con productos agroecológicos generados y producidos dentro de las fincas familiares. Ejemplo de ello son las experiencias organizativas de las pequeñas y medianas empresas (PYMES) y la agro-industrialización, en los cuales hay cada vez mayor demanda por capacidades gerenciales para hacer realidad el sueño de las micro y medianas empresas de la producción agroecológica campesina.

* Es licenciado en Trabajo Social con especialidad en el trabajo con jóvenes del área rural. Actualmente es coordinador de la Sociedad de Jóvenes Rurales Residentes en Asunción y responsable de capacitación para la Fundación Paraguaya.

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