Soy lo que ves y no es: Adolescentes y jóvenes que no estudian ni trabajan en América Latina

Jueves 17 de octubre de 2013

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Autoría: Vanesa D’Alessandre

Editorial y Canal: Sistema de Información de Tendencias Educativas en América Latina (SITEAL)

Tipo de documento: Artículo

Idioma: Español

Tema: Educación

Palabras clave: Adolescentes, educación, jóvenes, opinión pública, representaciones sociales y trabajo.

Países y Regiones: América Latina y el Caribe

Las mañanas son agitadas y casi siempre, las comienza mal dormida. Sonia es la primera en levantarse, a las seis. Mateo duerme en su cuna y Mariano remolonea unos minutos antes de tomar su ducha matinal. En una hora estarán todos desayunados y vestidos, listos para empezar un nuevo día. Pocos minutos después de despedir a Mariano, Sonia prende la radio y escucha una noticia que la estremece: a pocas cuadras de su casa, dos adolescentes –el locutor no menciona sus nombres pero se trata de Santiago y Darío- intentaron robar un kiosco. Santiago, el más chico, murió de inmediato por una bala policial. Darío logró escapar.

Dos años atrás Elena dejó la escuela y nadie le preguntó si volvería. Cuando anunció que su bebé nacería en junio, su mamá la abrazó fuerte y le dijo que no había razones para que abandonara la casa que compartía con sus hermanos. Elena creció de golpe, pero pudo afrontar su nueva vida sin grandes cambios. Desde muy niña había cambiado pañales, preparado almuerzos y cenas. Tender camas, lavar platos, cuidar que los deditos traviesos no se topen con los enchufes no eran tareas que la tomaran por sorpresa. Finalmente, ser mamá no era muy diferente que ser hermana mayor.

Laura terminó el secundario y se prometió que era lo último que hacía sin ganas. Cuando a la pregunta obligada de sus padres respondió que no seguiría estudiando, la invadió una estimulante sensación de libertad. Desde entonces, hizo cursos de teatro, cine, canto, incluso participó de los grupos de estudio de filosofía e historia, organizados por la Universidad, pero las ganas de los primeros meses se diluyeron en las rutinas y aún no logró darle continuidad a ninguna actividad. Su mamá y su papá le dieron un plazo de unos meses para que decidiera si se matricularía en una carrera –al menos terciaria, le dijeron- o si trabajaría para aportar para su manutención. Laura entonces, ofendida, le pidió cobijo a su novio y desde entonces viven juntos. Extraña mucho, pero se está acostumbrando.

Es la segunda vez en la semana que pierde su oportunidad de ser contratado por no haber terminado el secundario. “¿Qué de lo que necesitan que haga no se hacer?” preguntó la última vez. Clavó sus ojos furiosos logrando intimidar al posible empleador pero no sirvió de mucho. “En el aviso estaba aclarado que el secundario completo es un requisito para el trabajo. Te acompaño a la puerta” agregó y no dijo más. Rubén sigue enojado y desistió por el momento de seguir buscando trabajo por los avisos que encuentra en Internet. Todavía no le dijo nada a su familia, pero está pensando en visitar al amigo de su hermano que le ofreció darle un dinero si lo ayuda a instalar su nuevo negocio.

Sonia, Santiago y Darío, Elena, Laura y Rubén no se conocen entre ellos. No se conocen, en primer lugar, porque los separan kilómetros y kilómetros de distancia. Sonia vive en una zona residencial de Buenos Aires, Santiago y Darío en el conurbano bonaerense. Elena en un pequeño pueblo agrícola en las afueras de Managua, Laura en la gigantesca DF. Rubén nació en San Pedro pero a los pocos años se mudó a Asunción. De todas formas, si se cruzaran por la vida, difícilmente podrían encontrarse. O quizás sí, pero deberían ser capaces de superar la infinidad de barreras impuestas por sus trayectorias de vida disímiles, prejuicios y estigmas. Incluso si gracias a la tecnología, la geografía dejara de ser un obstáculo, sus códigos culturales probablemente reforzarían la distancia.

Sin embargo, una categoría amparada por las estadísticas los agrupa a todos, provocando un lazo insospechado, indiferenciándolos: Sonia, Santiago, Darío, Elena, Laura y Rubén, son adolescentes y jóvenes latinoamericanos que no estudian ni trabajan.

Este documento nace del desconcierto. ¿Qué lleva a agrupar realidades tan diferentes una categoría? Una categoría por demás curiosa que define por la ausencia y se restringe a una etapa del ciclo vital. ¿En qué contexto se inscribe y de qué modo adquiere significado? ¿Cuáles son los supuestos que la sostienen? ¿Cuál es la afirmación que la constituye? ¿Cuál es su umbral? ¿Cuáles son sus conceptos asociados? Y fundamentalmente ¿qué situación define? ¿Cuáles son sus consecuencias?

Para la elaboración de este documento se sistematizaron y analizaron 250 artículos periodísticos que mencionaban a los adolescentes y jóvenes que no estudian ni trabajan, publicados en la edición digital de los principales periódicos de 19 países latinoamericanos, durante el período comprendido entre enero de 2011 a mayo de 2013, y se procesaron las encuestas de hogares de cada país para el período 2000 - 2010. Las realidades que reflejan los personajes que abrieron este documento -Sonia, Santiago, Darío, Elena, Laura y Rubén- fueron el resultado de este ejercicio.

El análisis de la información se enfocó en precisar los sentidos que adquiere no estudiar ni trabajar en la región latinoamericana. No se trata tanto de comprender quienes son en verdad sino recabar indicios para desentrañar por qué no estudiar ni trabajar constituye una dimensión relevante para clasificar a los adolescentes y jóvenes. El propósito central de este documento es reflexionar sobre una de las formas en que los adolescentes y jóvenes aparecen en el mundo. Se parte de varios supuestos. Tal como irrumpe la categoría en el escenario público, los adolescentes y jóvenes que no estudian ni trabajan constituyen un problema social en proceso de visibilización. Vinculado a esto, si bien el origen de la categoría “no estudia ni trabaja” es incierto, su sostenimiento a lo largo del tiempo se apoya en la información cuantitativa. A través de la información que ofrecen las Encuestas de Hogares, los Censos o encuestas de juventud, y las opiniones de especialistas entrevistados, los autores de los artículos periodísticos buscan dimensionar y caracterizar a un problema que afecta al conjunto de la sociedad. Alrededor de los adolescentes y jóvenes que no estudian ni trabajan percibidos como problema, se distribuyen responsabilidades, culpas y lamentos, se vaticinan catástrofes. Se producen discursos cuyo rasgo sobresaliente es la superposición de sentidos que no logran encastrar en una única representación, y en consecuencia, ofrecen una permanente abertura hacia nuevos significados.

En otros términos y parafraseando a la banda de rock argentina “Divididos”, el propósito de este documento es reflexionar sobre los resultados que arroja la pregunta ¿a quienes de todos estos personajes vemos cuando vemos adolescentes y jóvenes que no estudian ni trabajan?

La reconocida psicóloga social francesa Denisse Jodelet (1984) destaca la capacidad heurística de las representaciones sociales. Estas aluden a los marcos interpretativos que los miembros de un grupo social construyen sobre los otros y sobre sí mismos, su medio, su pasado, su presente y su futuro (Moscovici, 2003). Estas representaciones importan no sólo porque describen al mundo social sino particularmente por su rol cognitivo, dado que habilitan interacciones y permiten comprenderlo.

Las representaciones sociales son, según Jodelet, uno de los recursos centrales a través de los cuales los seres sociales aprehenden las características de su medio, las informaciones que en él circulan, de las personas que lo conforman.

Este conocimiento, producido y compartido socialmente, se instala como sentido común, no sólo a partir de las experiencias personales de cada sujeto, sino también mediante la información y cosmovisiones que estos reciben a través de los medios masivos de comunicación social. La función cultural fundamental de los medios masivos de comunicación, sostiene el sociólogo jamaiquino Stuart Hall, es “el suministro y construcción selectiva del conocimiento social, de la imaginería social por cuyo medio percibimos los «mundos», las «realidades vividas» de los otros y reconstruimos imaginariamente sus vidas y las nuestras. (…) [proveen] “las imágenes, representaciones e ideas, alrededor de las que la totalidad social, compuesta por todas estas piezas separadas y fragmentadas, puede ser captada coherentemente como tal «totalidad».” (Hall, 1981).

Desde esta perspectiva, los medios de comunicación son claves en la conformación de la opinión pública, reafirman representaciones sociales hegemónicas, las reproducen y eventualmente construyen nuevos prismas a través de los cuales abordar a las problemáticas sociales. Esta posibilidad está dada en parte por el hecho de que la noticia no consiste en una copia idéntica de la realidad social sino que se trata de una construcción mediada por la selección, combinación, eliminación, reformulación estilística, junto con procesos ideológicos y cognitivos propios de los periodistas (Van Dijk, 1997). De esta manera, los discursos construidos por los medios de comunicación no serán entendidos como el delgado punto de contacto entre la realidad y el lenguaje (Foucault, 2002), sino como narraciones informativas que seleccionan aspectos de la complejidad de los fenómenos sociales, recortando algunas características y resaltando otras. De esta manera, los discursos que construyen y transmiten los medios de comunicación no se limitan a reflejar los sucesos cotidianos, sino que construyen imágenes e interpretaciones sobre los mismos. Así, se torna necesario pensar en los efectos de verdad que generan esos discursos, tanto por lo que dicen como por lo que callan (Foucault, 2002).

Por el mismo motivo, el sesgo que se introduce al enfocar en las representaciones sociales que proyectan los principales periódicos latinoamericanos a través de las notas publicadas en su versión digital, es central para el caso particular de este documento. La identificación, sistematización y análisis de estas representaciones sociales hegemónicas constituye un ejercicio relevante porque de ellas se alimenta la percepción generalizada que se instaura como fuente de presión, fundamentalmente hacia el Estado y los gobiernos a intervenir sobre el grupo en una forma en particular.

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